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Un barco de Playa de Oro

Leyendas de San Cristóbal


Muchas patrias y sus mundos humanos no sólo se han construido con casas y calles sino con historias y anécdotas. San Cristóbal es un lugar con exuberante información oral que lo ha llenado de mitos, de esas vivencias humanas que son el alma del pueblo. De aquellas leyendas cristobaleñas, que le dan personalidad y lo hacen digno y hermoso, me contaron...

una de piratas: LEWIS

Cuando recién llegué me dijeron que por acá había tesoros escondidos, de esos valiosos, tesoro de pirata. El de San Cristóbal era del llamado pirata Lewis que se radicó en Puerto Baquerizo Moreno después del asesinato de Manuel Julián Cobos. El pirata vivía plácidamente con sus recuerdos y de vez en cuando desaparecía y regresaba con dinero, con las "esterlinas de oro" ¿doblones españoles?; me contaron que solito, se escabullía en un bote de remos e iba a parar a la isla de Barington en donde tenía escondido su tesoro. Nadie logró información precisa de dónde sacaba su dinero y el pirata Lewis se llevó a la tumba su historia y su tesoro.

Yo no conozco las esterlinas pero algunos dicen haber visto a lo lejos, en las noches galapagueñas, reflejos aúricos que sólo pueden ser causados por la combustión espontánea de gases generados por metales preciosos enterrados. En fin, hay que ser precavidos: si es fanático de tesoros escondidos y visita San Cristóbal, no olvide traer consigo un detector de metales.

Citado por Enrique Freire Guevara, en sus Leyendas de Chatham,, que lo escuchó de Jorge Sotomayor, a quien se lo contó Manuel Augusto Cobos y que yo certifico haberlo oído, porque me lo contaron, mil y una vez.


Una de bandidos: el Águila quiteña

Luis Aníbal Paz, el habilidoso de dedos finos cuyo mote era el Águila quiteña, estubo en San Cristóbal: "...El nos había dicho que acababa de cumplir su condena, que no hacía daño a nadie porque siempre trataba de ser justo con los pobres y robar nomás a los ricos pudientes, y que andaba con su compinche, otro malhechor apodado la Estrella. A pesar de su labia, yo me mostraba muy incrédula... En cierto momento vimos a un marinero aproximándose. Los ojos del Águila brillaron. Oigan, nos dice él, quédense aquí sentados que les voy a mostrar algo. Y señala al marinero: miren allá, por ahí viene un marinero... ¿quieren ver cómo le saco la billetera sin que se de cuenta?, nos pregunta. Ver para creer, nosotros asentimos y pelamos bien el ojo. El ladrón se levantó y pasó al lado del marinero, su mano fue más rápida que nuestra vista. Luego regresó otra vez hacia nosotros, como si nada hubiera sucedido, mientras tanto el marinero se rebuscaba los bolsillos. Este pobre tipo ha perdido su billetera, nos dice el Águila, ¡miren, aquí está!, yo no la hurté sino que la hallé tirada en la arena... Y el pobre marinero buscando su billetera por todas partes, sin encontrarla... Poco después el buque Calderón zarpó. Nunca más supimos de aquel curioso hombre apodado el Águila quiteña."

Tomado de El Paseo que no hizo Darwin, cita de doña Eulalia viuda de Revelo.

Una desde el infierno

"Esas tierras surgidas desde las profundiades marinas por el abrasador impulso de los volcanes, tierras inhabitables, baldías, grises, de desgarradora soledad, de rocas golpeadas por la furia de las olas, una y otra vez. Es un infierno en medio del océano. Y la mayor particularidad de este infierno, la mayor maldición de este lugar es que el cambio nunca las visita, ni el de las estaciones, ni el de las tristezas. Atravesadas por el Ecuador, no conocen otoño ni tampoco primavera... la ruina no puede hacer mucho más en ellas."

Herman Melville (1819 - 1891), escritor norteamericano que visitó Galápagos y las llamó Las Encantadas

Herman Melville no fue el único que confundió el paraiso con el infierno: la historia de Martín Vargas

- ...Le digo que no tenía la más remota idea de este lugar. Nos embarcamos un tres de febrero rumbo al archipiélago. Yo no quería padecer penurias en el viaje, así que le di veinte sucres al cocinero de abordo y le dije: mire compadre, somos tres, usted me tiene el cafecito, el almuercito y la merienda. Total que el tipo nos atendió bien: un jarro de leche, pancito, mortadela,  mantequilla, uno iba bien comido; éramos tres con mi niño y mi mujer. Aparte, como eramos personas precavidas, fuimos llevando un quintal de arroz, un quintal de azúcar, carne, cebollas, fundas de fideos, condimentos, por si acaso. Llegamos le digo por estas fechas, un siete de febrero exactamente, cuarenta años atrás.

-¡Qué coincidencia!

-El barco se había perdido, fue a dar a la isla Española. Anduvimos un tiempo a la deriva hasta dar con San Cristóbal. El primer vistazo a la isla me asustó...


-¿Creyó que era el infierno?

-¡Peor! Parecía una isla desierta. créame que yo me asusté; no vi ni una sola alma. Unas cuantas casitas por ahí, que daban pena. Era un infierno despoblado.

Tomado de El Paseo que no hizo Darwin, Dédalo Danubio.


​Manuel Julián Cobos, su imperio azucarero y la maldición de la guayaba

Cuando se sube a El Progreso se puede ver, desde lejos, las ruinas de ingenio azucarero de Manuel Julián Cobos (nació en Cuenca en 1836  y fue asesinado en San Cristóbal en 1904) y dos palmeras gigantes, juntas. Ahí Cobos mandaba amarrar a los empleados renegados para castigarlos a palos. ¡Ah!, y cuidado con comer guayabas, esos frutos de las  plantas que trajo del continente don Manuel y no permitía que nadie las tomara. Algún desgraciado no aguantó las ganas de engullirse la fruta y fue castigado: rabioso y dolorido sentenció a don Manuel y plantó "la maldición de la guayaba": si aquí usted come guayaba, siempre volverá a San Cristóbal.

Las casas de  la Segunda Guerra MundiaL

Las casas más antiguas de San Cristóbal fueron hechas de pino, tablones de madera importados, rescatados del destacamento militar norteamericano que se estableció en la isla de Baltra durante la Segunda Guerra Mundial, y que cuando ésta terminó fue abandonado. No se trataba de reciclaje, sino de un simple acto de supervivencia humana. Muchos pueden vivir con lo que otros despilfarran; fueron sabios al sentirse satisfechos con poca cosa.


Las casas fueron desdeñadas por quienes las poseían, pero los antiguos colonos galapagueños les dieron valor. Ahora las casas casi centenarias ya están muy viejas, desvencijadas, pero son dignas y, aunque fueron hechas para la guerra, terminaron convirtiéndose en asilos de paz, en hogares. 

Una casa vieja en San Cristóbal

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